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¿Estamos Perdiendo la Capacidad de Aburrirnos?

25 oct
11 min de lectura
Joven mira su móvil; cerebro brillante azul y naranja, iconos de redes y texto sobre perder capacidad de aburrirse y hiperestimulación.

Vivimos en una época en la que el silencio dura poco: mientras esperamos en una fila, caminamos por la calle o incluso vemos una película, muchas veces sentimos la necesidad de revisar el celular, abrir las redes sociales o buscar algo que nos entretenga (Gazzaley & Rosen, 2016). Tener contenido, entretenimiento e información disponibles en todo momento ha cambiado la manera en que usamos el tiempo y repartimos la atención (Firth et al., 2019). De hecho, a comienzos de los años 2000, las personas mantenían la atención en una pantalla unos dos minutos y medio antes de pasar a otra cosa, y en estudios más recientes ese tiempo bajó a unos 47 segundos (Mark, 2023). Como señalan Tam e Inzlicht (2024b), hoy el entretenimiento está siempre al alcance de la mano y, aun así, las personas dicen aburrirse más que en el pasado.

El aburrimiento, que antes hacía parte de la vida diaria, ahora parece cada vez más difícil de tolerar (Tam & Inzlicht, 2024b). En un estudio, por ejemplo, a muchas personas les resultó tan incómodo quedarse a solas con sus pensamientos durante unos minutos que prefirieron darse una pequeña descarga eléctrica antes que seguir sin hacer nada (Wilson et al., 2014). Por eso, en lugar de permanecer en silencio u observar lo que pasa a nuestro alrededor, surge la necesidad casi automática de buscar algo que nos estimule (Tam & Inzlicht, 2024a). Sin embargo, como explican Gazzaley y Rosen (2016), este impulso no refleja necesariamente una falta de disciplina, sino la forma en que un cerebro que siempre busca información nueva responde a un entorno lleno de estímulos.

La pregunta, entonces, es si estamos perdiendo la capacidad de aburrirnos o si nos estamos acostumbrando a vivir hiperestimulados (Tam & Inzlicht, 2024b). Para responderla, vale la pena entender cómo funcionan la atención, el sistema de recompensa del cerebro y su capacidad para adaptarse a lo que hacemos todos los días (Gazzaley & Rosen, 2016; Lembke, 2021). Estas tres piezas ayudan a explicar por qué cada vez nos cuesta más estar en calma, esperar o disfrutar de una pausa sin sentir que tenemos que hacer algo (Mark, 2023). Según Mann (2016), aburrirse no es una pérdida de tiempo, sino una experiencia que también puede tener un lado valioso.


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El Cerebro Moderno y la Hiperestimulación

Nuestro cerebro está diseñado para buscar recompensas, porque así aprende a repetir lo que le ayuda a sobrevivir y a sentirse bien (Lembke, 2021). Cada vez que vivimos algo placentero, como comer algo rico, compartir con otras personas o descubrir algo nuevo, se activa el sistema de recompensa del cerebro, en el que la dopamina cumple un papel central (Lembke, 2021). Las plataformas digitales aprovechan precisamente este sistema, porque los videos cortos, las notificaciones, los "me gusta" y el scroll infinito ofrecen recompensas rápidas, constantes e impredecibles, algo que resulta muy atractivo para el cerebro (Alter, 2017). Según Alter (2017), muchas aplicaciones están diseñadas para mantener nuestra atención el mayor tiempo posible, por ejemplo, quitando las señales que antes nos invitaban a parar, como el final de un capítulo.

Las aplicaciones de videos cortos, como TikTok o YouTube, son un buen ejemplo, porque permiten pasar de un video a otro en segundos o adelantarlos apenas dejan de entretenernos (Tam & Inzlicht, 2024a). Así, el cerebro recibe una sucesión casi interminable de estímulos nuevos, sin pausas naturales que lo inviten a detenerse (Alter, 2017). Con el tiempo, esta forma de usar la tecnología puede cambiar la manera en que repartimos la atención entre todo lo que nos rodea (Firth et al., 2019). En correspondencia con Firth et al. (2019) y con otras investigaciones, este tipo de experiencias puede influir en procesos mentales que usamos todos los días, como los siguientes:

  • La capacidad de mantener la atención: cuando el contenido cambia todo el tiempo, la atención se reparte entre muchas cosas a la vez y le cuesta más quedarse en una sola durante varios minutos (Firth et al., 2019). Esto se nota, por ejemplo, cuando intentamos leer un libro o seguir una conversación larga y, al poco tiempo, sentimos el impulso de revisar otra cosa (Carr, 2010). Además, no siempre son los demás quienes nos interrumpen, porque, como explica Mark (2023), la mitad de las veces somos nosotros mismos quienes dejamos lo que estamos haciendo para revisar el correo o buscar algo en internet.

  • El control de los impulsos: las personas que usan con más frecuencia el celular tienden a tener más dificultades para frenar sus impulsos (Wilmer & Chein, 2016). Algo parecido ocurre con quienes suelen usar varios medios al mismo tiempo, como ver televisión mientras chatean o navegan en internet, porque se distraen con más facilidad con estímulos que no tienen nada que ver con lo que están haciendo (Ophir et al., 2009). Según Ophir et al. (2009), a estas personas también les cuesta más dejar de lado la información que no es importante, y por eso pasar de una tarea a otra les resulta más difícil.

  • La tolerancia a la espera: el uso frecuente del celular también se ha relacionado con una mayor preferencia por las recompensas inmediatas, aunque sean más pequeñas, en lugar de esperar por otras más grandes (Wilmer & Chein, 2016). Esto tiene sentido si pensamos que el celular nos ofrece entretenimiento al instante, sin necesidad de esperar ni de hacer ningún esfuerzo (Lembke, 2021). Como explica Lembke (2021), cuanto más nos acostumbramos a obtener lo que queremos de inmediato, más difícil se vuelve tolerar la espera, la incomodidad o el aburrimiento.

  • La necesidad constante de novedad: cuando nos aburrimos, solemos pasar rápidamente de un video a otro o adelantarlos con la idea de encontrar algo más entretenido (Tam & Inzlicht, 2024a). Sin embargo, este hábito no disminuye el aburrimiento, sino que lo aumenta, y además reduce la satisfacción, la atención y la sensación de que lo que vemos tiene sentido (Tam & Inzlicht, 2024a). En correspondencia con Tam e Inzlicht (2024a), disfrutar de un video depende más de sumergirnos en él que de pasar de uno a otro buscando algo mejor.



¿Por qué Ahora nos Cuesta Tanto “No Hacer Nada”?

El cerebro se adapta constantemente a lo que hacemos de forma repetida, una capacidad que se conoce como neuroplasticidad (Doidge, 2007). Gracias a ella, podemos aprender nuevas habilidades, formar nuevas conexiones entre las neuronas y ajustarnos a diferentes experiencias a lo largo de la vida (Doidge, 2007). Sin embargo, la neuroplasticidad no distingue entre hábitos saludables y poco saludables, porque simplemente fortalece aquello que practicamos con frecuencia (Doidge, 2007). Por eso, según Carr (2010), la manera en que usamos la tecnología todos los días también puede cambiar, poco a poco, la forma en que pensamos y prestamos atención.

Cuando pasamos mucho tiempo consumiendo contenido rápido y muy estimulante, el cerebro puede acostumbrarse a recibir estímulos intensos casi todo el tiempo (Lembke, 2021). Como consecuencia, las actividades que requieren más tiempo, paciencia o concentración pueden empezar a sentirse menos interesantes o menos gratificantes (Lembke, 2021). Por eso, algunas personas dicen cosas como "ya no puedo concentrarme mucho tiempo", "necesito revisar el celular constantemente", "me cuesta ver una película completa" o "me siento incómodo cuando no estoy haciendo nada" (Carr, 2010; Wilson et al., 2014). Como describe Carr (2010), incluso a quienes antes disfrutaban leer durante horas les puede empezar a costar mantener la atención después de unas pocas páginas.

Esto no significa que exista un problema grave en el cerebro, sino que se está adaptando a un entorno lleno de estímulos y de interrupciones (Gazzaley & Rosen, 2016). Cuando el cerebro se acostumbra a recibir novedades y recompensas inmediatas, los momentos de silencio o de espera pueden sentirse extraños e incluso incómodos (Tam & Inzlicht, 2024b; Wilson et al., 2014). La buena noticia es que, así como el cerebro se adapta a la estimulación constante, también puede adaptarse a nuevos hábitos que le den espacio para descansar (Doidge, 2007). En correspondencia con Gazzaley y Rosen (2016), conocer cómo funciona nuestra atención nos permite tomar decisiones más conscientes sobre la manera en que usamos la tecnología.



El Problema no es el Aburrimiento

Culturalmente, solemos ver el aburrimiento como algo negativo que hay que evitar a toda costa (Mann, 2016). Por eso, intentamos llenar cada momento libre con actividades, conversaciones, entretenimiento o pantallas (Tam & Inzlicht, 2024b). Sin embargo, desde la neurociencia se sabe que los momentos de pausa cumplen funciones importantes, porque cuando dejamos de prestar atención al mundo exterior, el cerebro no se apaga, sino que pone en marcha otros procesos (Immordino-Yang et al., 2012). Según Raichle et al. (2001), el cerebro tiene un modo de funcionamiento "por defecto", que se activa cuando estamos en reposo y que se pausa cuando nos concentramos en una tarea.

Este modo de funcionamiento depende de un conjunto de regiones del cerebro que se conoce como red neuronal por defecto, y que se activa cuando la mente divaga, recordamos experiencias personales o imaginamos el futuro (Immordino-Yang et al., 2012). Gracias a esta red, podemos conectar lo que vivimos en el pasado con lo que imaginamos que puede pasar, reflexionar sobre nosotros mismos y darles sentido a nuestras experiencias (Immordino-Yang et al., 2012). Aunque estos procesos suelen pasar desapercibidos, también nos ayudan a planear lo que haremos y a encontrar ideas creativas (Smallwood & Schooler, 2015). Como advierten Immordino-Yang et al. (2012), el exceso de distracciones, por ejemplo, por el uso excesivo de las redes sociales, podría quitarle a la mente el tiempo que necesita para esta reflexión interna.

Por eso, los momentos de aparente "inactividad" no son inútiles (Immordino-Yang et al., 2012). De hecho, en un estudio, las personas que hicieron una tarea sencilla que les permitía dejar volar la mente encontraron más ideas creativas para un problema que quienes se mantuvieron ocupados en una tarea exigente (Baird et al., 2012). Además, descansar unos minutos sin hacer nada después de aprender algo nuevo ayuda a recordarlo mejor, incluso una semana después (Dewar et al., 2012). Según Mann (2016), el aburrimiento puede ser el punto de partida de la reflexión, la creatividad y la inspiración, y por eso permitirnos espacios de pausa no es una pérdida de tiempo.



Estimulación y Atención Fragmentada

Uno de los cambios más notorios de los últimos años es que la atención se ha vuelto cada vez más fragmentada (Mark, 2023). Las redes sociales y otras plataformas digitales están diseñadas para captar nuestro interés con una sucesión constante de estímulos, como videos cortos, cambios rápidos de imagen, sonidos y recompensas inmediatas (Alter, 2017). Aunque estas herramientas tienen muchos beneficios y facilitan el acceso a la información, también han cambiado la forma y la velocidad con la que consumimos contenido (Firth et al., 2019). Según Mark (2023), cada vez que pasamos de una tarea a otra, el cerebro necesita tiempo y esfuerzo para volver a concentrarse, y eso, a lo largo del día, puede traducirse en estrés y fatiga mental.

Las notificaciones también juegan un papel importante, porque incluso escuchar o sentir una notificación, sin llegar a revisar el celular, puede distraernos tanto como usarlo (Stothart et al., 2015). Esto ocurre porque el aviso hace que la mente se vaya hacia otros pensamientos y le cueste volver a lo que estaba haciendo (Stothart et al., 2015). Incluso la sola presencia del celular sobre la mesa, aunque esté apagado o boca abajo, puede reducir la capacidad mental disponible para otras tareas (Ward et al., 2017). Como explican Ward et al. (2017), aunque no estemos pensando en el celular, el esfuerzo de no prestarle atención consume parte de nuestros recursos mentales.

Con el tiempo, la exposición continua a este tipo de contenido puede hacer más difícil permanecer en actividades que piden atención sostenida, como leer, estudiar, conversar, escuchar con atención o simplemente estar en silencio (Carr, 2010; Firth et al., 2019). Por eso, algunas personas sienten que mantener la concentración durante tareas largas les exige más esfuerzo que antes (Mark, 2023). Sin embargo, el problema no está en la tecnología en sí misma, sino en la dificultad para equilibrar los momentos de estimulación con espacios de pausa, concentración y descanso (Gazzaley & Rosen, 2016). En correspondencia con Mark (2023), no se trata de eliminar las redes sociales, sino de construir una relación más consciente con ellas, que nos permita aprovechar sus beneficios sin perder la capacidad de concentrarnos.



¿Cómo Ayudar al Cerebro a Recuperar Espacios de Pausa?

En un entorno donde la estimulación constante parece parte de la vida diaria, recuperar momentos de pausa puede ser una estrategia importante para cuidar el bienestar (Immordino-Yang et al., 2012). El objetivo no es eliminar la tecnología ni evitar por completo los estímulos, sino crear espacios en los que el cerebro pueda procesar menos información por un rato (Mark, 2023). Una primera forma de hacerlo es permitirnos momentos sin pantalla, por ejemplo, caminar, esperar o descansar sin usar el celular, aunque al principio estos espacios puedan sentirse incómodos (Mann, 2016). Según Berman et al. (2008), caminar en espacios naturales ayuda a que la atención se recupere, porque la naturaleza capta nuestro interés de una forma suave y le da un descanso a la mente.

También ayuda recuperar actividades que piden atención sostenida, como leer, escribir, dibujar o conversar sin interrupciones, porque nos permiten ejercitar la capacidad de concentrarnos durante más tiempo (Carr, 2010). Para lograrlo, puede ser útil silenciar las notificaciones durante esos momentos, ya que incluso un aviso que no revisamos es suficiente para distraernos (Stothart et al., 2015). Dejar el celular en otra habitación mientras leemos, estudiamos o trabajamos también puede ayudarnos a pensar con más claridad (Ward et al., 2017). Además, según Mark (2023), conviene incluir pausas a lo largo del día, sobre todo cuando empezamos a sentirnos cansados, para que la atención tenga la oportunidad de recuperarse.

Dormir bien es otra parte fundamental de este equilibrio, porque durante el sueño el cerebro organiza y guarda lo que aprendimos, regula las emociones y recupera la energía que necesita para el día siguiente (Walker, 2017). Por último, vale la pena aprender a tolerar el aburrimiento, porque esos momentos le dan a la mente la oportunidad de divagar, imaginar nuevas posibilidades y encontrar ideas creativas (Baird et al., 2012; Mann, 2016). Al principio puede costar, pero, como ocurre con cualquier hábito, quedarse unos minutos sin hacer nada se vuelve más fácil con la práctica (Doidge, 2007). En correspondencia con Immordino-Yang et al. (2012), recuperar espacios de pausa no significa dejar de ser productivos, sino encontrar un equilibrio entre la atención que le damos al mundo exterior y el tiempo que dedicamos a mirar hacia dentro.



Reflexión Final

El problema no es que el mundo se haya vuelto más aburrido, sino que nuestro cerebro se acostumbró a vivir rodeado de estímulos (Tam & Inzlicht, 2024b). En una sociedad donde cada segundo puede llenarse con contenido, notificaciones y entretenimiento inmediato, detenernos empieza a sentirse incómodo (Wilson et al., 2014). Por eso, los espacios de silencio y de pausa, que antes eran parte natural del día, se han vuelto cada vez menos frecuentes (Mark, 2023). Como plantean Tam e Inzlicht (2024b), tener entretenimiento disponible en todo momento no nos ha librado del aburrimiento, sino que puede estar haciéndolo más frecuente.

Sin embargo, el silencio, la pausa y el aburrimiento también cumplen una función importante en nuestra salud mental (Immordino-Yang et al., 2012). Son momentos que le permiten al cerebro descansar, reflexionar, procesar lo que vivimos y conectar con nosotros mismos (Immordino-Yang et al., 2012). Lejos de ser una pérdida de tiempo, pueden favorecer la creatividad, ayudar a guardar los recuerdos y darle a la mente la oportunidad de recuperarse (Baird et al., 2012; Dewar et al., 2012). Según Smallwood y Schooler (2015), dejar que la mente divague también nos ayuda a planear el futuro y a encontrar soluciones creativas.

Quizás no estamos perdiendo la capacidad de concentrarnos, sino la capacidad de aburrirnos y de detenernos (Mann, 2016). En un mundo donde la estimulación parece no tener fin, aprender a convivir con los momentos de calma puede ser una habilidad tan importante como estar conectados (Mark, 2023). Después de todo, el bienestar no depende solo de lo que hacemos, sino también de los espacios que nos permitimos para descansar, observar y simplemente estar presentes (Immordino-Yang et al., 2012). Como propone Mann (2016), en lugar de huir del aburrimiento podemos aprovecharlo, así que la próxima vez que estés en una fila, prueba a dejar el celular en el bolsillo y cuéntanos en los comentarios cómo te fue.



Referencias

  1. Alter, A. (2017). Irresistible: The rise of addictive technology and the business of keeping us hooked. Penguin Press. Recuperado de https://adamalterauthor.com/irresistible/

  2. Carr, N. (2010). The shallows: What the internet is doing to our brains. W. W. Norton & Company. Recuperado de https://www.nicholascarr.com/?page_id=16

  3. Doidge, N. (2007). The brain that changes itself. Viking Press. Recuperado de https://www.normandoidge.com/?page_id=1259

  4. Gazzaley, A., & Rosen, L. D. (2016). The distracted mind: Ancient brains in a high-tech world. MIT Press. Recuperado de https://mitpress.mit.edu/9780262528994/the-distracted-mind/

  5. Lembke, A. (2021). Dopamine nation: Finding balance in the age of indulgence. Dutton. Recuperado de https://www.annalembke.com/dopamine-nation

  6. Mann, S. (2017). The science of boredom: Why boredom is good. Robinson. Recuperado de https://sandimann.com/books/the-science-of-boredom/

  7. Mark, G. (2023). Attention span: A groundbreaking way to restore balance, happiness and productivity. Hanover Square Press. Recuperado de https://www.gloriamark.com/attention-span-book/

  8. Ophir, E., Nass, C., & Wagner, A. D. (2009). Cognitive control in media multitaskers. Proceedings of the National Academy of Sciences, 106(37), 15583–15587. Recuperado de https://doi.org/10.1073/pnas.0903620106

  9. Raichle, M. E., MacLeod, A. M., Snyder, A. Z., Powers, W. J., Gusnard, D. A., & Shulman, G. L. (2001). A default mode of brain function. Proceedings of the National Academy of Sciences, 98(2), 676–682. Recuperado de https://doi.org/10.1073/pnas.98.2.676

  10. Smallwood, J., & Schooler, J. W. (2015). The science of mind wandering: Empirically navigating the stream of consciousness. Annual Review of Psychology, 66, 487–518. Recuperado de https://doi.org/10.1146/annurev-psych-010814-015331

  11. Walker, M. (2017). Why we sleep: Unlocking the power of sleep and dreams. Scribner. Recuperado de https://www.sleepdiplomat.com/p/book-why-we-sleep

2 comentarios

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Ángel Jiménez
26 oct
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Es importantísimo sobre todo en la gente joven, esa plasticidad del cerebro es necesario aprovecharla

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Juliana Eljach
Juliana Eljach
hace 6 días
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¡Sí! Y creo que es algo que vale la pena recordar, especialmente en los jóvenes. La forma en que usamos nuestro tiempo también importa, y aprender a hacer pausas, sin estar siempre buscando algo que nos distraiga, es parte de eso 😊

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