Pensar Demasiado También Agota: Cómo el Overthinking Afecta la Ansiedad, el Sueño y la Toma de Decisiones
A veces no es lo que pasó lo que más nos desgasta, sino todo lo que ocurre después en la mente: una conversación que se repite una y otra vez, una decisión que se analiza desde todos los ángulos o un error pequeño que se convierte en una cadena de "¿y si hubiera hecho otra cosa?" (Nolen-Hoeksema et al., 2008). Pensar demasiado puede parecer una forma de buscar claridad, prevenir errores o prepararse mejor para el futuro, y de hecho volver varias veces sobre algo a veces ayuda a planear y a recuperarse de experiencias difíciles (Watkins, 2008). Sin embargo, cuando ese pensamiento se vuelve un ciclo repetitivo, agotador y difícil de detener, se relaciona con más ansiedad, más depresión e incluso con problemas de salud física (Watkins, 2008). Según Weir (2026), algunos especialistas lo describen como una mente "crónicamente ocupada", que intenta controlar el malestar a través del pensamiento, aunque ese control termine siendo una ilusión.
En la vida cotidiana a este fenómeno se le llama overthinking, aunque desde la psicología se relaciona sobre todo con dos procesos: la rumiación y la preocupación (McEvoy et al., 2013). Ambos son formas de pensamiento negativo repetitivo, y se han asociado con distintos trastornos de ansiedad y con la depresión (McEvoy et al., 2013). Lejos de resolver los problemas, este tipo de pensamiento suele empeorar el estado de ánimo, aumentar los pensamientos negativos y dificultar la búsqueda de soluciones (Nolen-Hoeksema et al., 2008). Como plantea Watkins (2008), el reto no es dejar de pensar, sino aprender a distinguir cuándo el pensamiento nos ayuda y cuándo empieza a atraparnos.

Cuando Pensar Deja de Ayudar: Qué Entendemos por Overthinking
Pensar no es un problema, porque reflexionar, analizar una situación y anticipar consecuencias forma parte natural de la vida y puede ayudarnos a prepararnos y a planear (Watkins, 2008). El problema aparece cuando ese proceso deja de ser flexible y orientado a la solución y se convierte en una actividad mental circular, repetitiva y poco productiva (Nolen-Hoeksema et al., 2008). Por eso, el overthinking no consiste simplemente en "pensar mucho", sino en quedar atrapado en un análisis que no lleva a resolver el problema y que, por el contrario, vuelve más negativa la mirada sobre lo que pasa y dificulta encontrar soluciones (Lyubomirsky & Nolen-Hoeksema, 1995). Según Nolen-Hoeksema et al. (2008), a diferencia de las formas más sanas de reflexión, la rumiación intensifica el malestar e interfiere con la capacidad de actuar.
La psicología ha estudiado este fenómeno a través de conceptos como la rumiación, que consiste en darle vueltas una y otra vez al propio malestar, y que empeora la depresión y aumenta los pensamientos negativos (Nolen-Hoeksema et al., 2008). Hoy se entiende que la rumiación y la preocupación son dos formas de un mismo proceso, el pensamiento negativo repetitivo, que aumenta la vulnerabilidad a distintos trastornos de ansiedad y a la depresión (McEvoy et al., 2013). Este proceso aparece en distintos problemas emocionales a la vez, y por eso se considera un factor común que ayuda a explicar por qué la ansiedad y la depresión suelen ir juntas (McLaughlin & Nolen-Hoeksema, 2011). En correspondencia con McEvoy et al. (2013), conviene evaluar y tratar el pensamiento repetitivo como un proceso en sí mismo, sin importar el diagnóstico de la persona.
Esto significa que el overthinking no es solo una costumbre molesta, sino un patrón mental con un impacto real en el bienestar emocional y físico (Watkins, 2008). Muchas personas creen que, si siguen pensando lo suficiente, encontrarán la respuesta perfecta, evitarán equivocarse o por fin se sentirán tranquilas (Weir, 2026). Sin embargo, este tipo de pensamiento funciona como una falsa promesa de control, porque da la sensación de que se está haciendo algo para resolver el malestar cuando en realidad lo prolonga (Weir, 2026). Según Brosschot et al. (2006), seguir pensando en un problema mantiene activada la respuesta de estrés del cuerpo más allá del momento en que ocurrió, y por eso pensar demasiado también se siente en el cuerpo.
Rumiación, Preocupación y Sobreanálisis: No Todo Pensamiento Repetitivo es Igual
Aunque en el lenguaje cotidiano solemos llamar a todo "pensar demasiado", la rumiación suele estar más orientada al pasado: revisar una conversación, analizar un error o preguntarse una y otra vez por qué ocurrió algo (Ottaviani et al., 2016). La preocupación, en cambio, se dirige al futuro e implica imaginar escenarios negativos, anticipar problemas y pensar en todo lo que podría salir mal (Ottaviani et al., 2016). Ambas comparten algo fundamental: son persistentes, generan malestar y se asocian con una mayor activación del cuerpo, como una presión arterial y una frecuencia cardiaca más altas y más cortisol, la hormona del estrés (Ottaviani et al., 2016). Según McEvoy et al. (2013), ambas aparecen con frecuencia en distintos trastornos de ansiedad y en la depresión, y suelen ser más intensas en las personas que tienen varios problemas emocionales a la vez.
Esta distinción ayuda a entender por qué el overthinking resulta tan absorbente, ya que una persona puede pasar horas revisando una decisión pasada y, al mismo tiempo, preocuparse por lo que viene (Brosschot et al., 2006). Así, pasado y futuro se combinan en un bucle mental que deja poco espacio para el presente y que mantiene activo el estrés antes y después de las situaciones difíciles (Brosschot et al., 2006). El resultado es un malestar difícil de apagar, porque la activación del cuerpo se prolonga mientras la mente sigue ocupada en el problema (Ottaviani et al., 2016). Como explica Watkins (2008), lo que marca la diferencia no es solo cuánto pensamos, sino el contenido de esos pensamientos, el contexto en que aparecen y si los pensamos de forma abstracta o concreta.
Además, pensar demasiado no siempre se siente como algo negativo al principio, porque es fácil creer que preocuparse tiene beneficios, y esa creencia puede terminar alimentando el problema (Harvey, 2002). En personas muy autoexigentes, la tendencia a buscar siempre la mejor opción posible se ha relacionado con más perfeccionismo, más arrepentimiento y menos satisfacción con la vida (Schwartz et al., 2002). Por eso no siempre es fácil reconocer cuándo el pensamiento dejó de ser una reflexión útil y empezó a convertirse en una trampa (Nolen-Hoeksema et al., 2008). Una señal clave es observar si ese proceso conduce a una decisión, una acción o una comprensión más clara, o si deja a la persona más confundida, más cansada y más angustiada que antes (Watkins, 2008). Según Ward et al. (2003), cuando el pensamiento se vuelve rumiación, las personas terminan menos seguras de sus propios planes y les cuesta más comprometerse con ellos, lo que alimenta todavía más el ciclo.
¿Por qué el Cerebro se Queda Enganchado en el Overthinking?
El overthinking no aparece por casualidad, porque en muchos casos funciona como un intento de la mente por manejar emociones difíciles (Weir, 2026). Pensar repetidamente en un problema puede dar una sensación momentánea de control frente a la incertidumbre, el miedo o la culpa, aunque se trate de una ilusión (Weir, 2026). La persona siente que, si sigue analizando, podrá anticiparse al dolor o evitar equivocarse, pero esta estrategia rara vez ofrece la certeza que promete y suele mantener el malestar (Nolen-Hoeksema et al., 2008). Según Beck y Clark (1997), en la ansiedad la mente se activa primero para detectar amenazas de forma casi automática, y por eso uno de los objetivos del tratamiento es calmar ese modo de alarma y fortalecer formas de pensar más reflexivas y constructivas.
A esto se suma que a muchas personas les cuesta tolerar la incertidumbre, es decir, aceptar que no todo puede resolverse de inmediato ni con garantías (Carleton, 2016). El miedo a lo desconocido se considera hoy un factor central en la ansiedad y en otros problemas emocionales, porque la forma en que respondemos a lo que no sabemos influye mucho en nuestro malestar (Carleton, 2016). En ese contexto, el pensamiento repetitivo se convierte en un intento de cerrar la incomodidad que produce no saber, aunque en realidad la mantenga abierta (Weir, 2026). Como muestran Ward et al. (2003), la rumiación aumenta la incertidumbre en lugar de reducirla, y esa incertidumbre lleva a seguir pensando, en un círculo que puede terminar en parálisis.
También intervienen factores emocionales, porque a veces el overthinking no solo busca resolver un problema, sino protegerse de emociones difíciles (Newman & Llera, 2011). De hecho, se ha propuesto que algunas personas usan la preocupación para mantenerse en un estado de tensión constante y así no ser tomadas por sorpresa por un golpe emocional inesperado (Newman & Llera, 2011). En lugar de quedarse con la tristeza, la vergüenza o el miedo, la mente se va al análisis y repasa, compara, interpreta y anticipa, porque primero aparece la emoción y luego el pensamiento repetitivo como un intento de controlarla (Weir, 2026). Según Brosschot et al. (2006), el costo de esta estrategia es alto, porque mantiene el sistema de alerta activado por más tiempo y prolonga el estrés en el cuerpo.
Cómo el Overthinking Alimenta la Ansiedad
Una de las relaciones más claras en la investigación es la que existe entre el pensamiento repetitivo y la ansiedad, porque la rumiación ayuda a explicar por qué los síntomas de ansiedad y de depresión suelen aparecer juntos y alimentarse entre sí (McLaughlin & Nolen-Hoeksema, 2011). Pensar demasiado no solo es una consecuencia de estar ansioso, sino que también puede predecir la aparición de nuevos episodios de depresión y más síntomas de ansiedad con el tiempo (Nolen-Hoeksema, 2000). Cuando la mente se queda atrapada en un análisis constante de amenazas, errores o escenarios futuros, el cuerpo reacciona como si el peligro siguiera presente (Brosschot et al., 2006). En correspondencia con Ottaviani et al. (2016), el cuerpo de quien rumia o se preocupa mantiene un nivel de activación más alto, como si todavía no fuera seguro relajarse.
Esto explica por qué muchas personas sienten que mientras más piensan, más ansiedad experimentan, porque la rumiación puede crear un ciclo que arrastra tanto a la ansiedad como a la depresión (Salamon, 2024). En lugar de encontrar alivio, terminan con más tensión en el cuerpo, porque la preocupación prolonga la activación propia del estrés (Brosschot et al., 2006). Un artículo de la Asociación Americana de Psicología explica que este tipo de pensamiento es frecuente en la ansiedad y la depresión, y que es todavía más común en personas que no responden bien a los tratamientos habituales (Weir, 2026). Según Nolen-Hoeksema et al. (2008), la rumiación también aumenta los pensamientos negativos, de modo que el malestar emocional se recicla una y otra vez.
Además, el overthinking puede reforzar la idea de que la ansiedad solo se calmará si se encuentra la respuesta correcta o si se anticipa cada posible consecuencia, algo muy ligado al miedo a lo desconocido (Carleton, 2016). El problema es que esa respuesta rara vez llega, y una duda lleva a otra y un "¿y si?" abre paso a muchos más (Ward et al., 2003). Así, la mente termina funcionando en modo de alarma, como si estuviera ante una emergencia, en lugar de pasar a formas de pensar más reflexivas (Beck & Clark, 1997). Como señalan Brosschot et al. (2006), con el tiempo esta activación prolongada del estrés puede afectar incluso la salud física.
Pensar Demasiado También Interfiere con el Sueño
Uno de los efectos más conocidos del overthinking aparece cuando el día termina y por fin hay silencio, porque la rumiación aumenta la vulnerabilidad al insomnio y puede interponerse en el sueño (Salamon, 2024). La preocupación a la hora de acostarse, incluida la que gira en torno a las tareas que quedaron pendientes, es una de las razones por las que a muchas personas les cuesta quedarse dormidas (Scullin et al., 2018). En un estudio, las personas que más le dieron vueltas a una situación estresante vivida en la tarde tardaron más en quedarse dormidas esa noche (Zoccola et al., 2009). Según Harvey (2002), cuando la mente se llena de preocupaciones en la cama, el cuerpo se activa y aparece la ansiedad, justo lo contrario de lo que se necesita para dormir.
Además, quien duerme mal tiende a preocuparse por no estar descansando y por cómo se sentirá al día siguiente, y esa preocupación alimenta todavía más la activación (Harvey, 2002). Cuando la mente entra en modo de revisión o anticipación, el cerebro no recibe señales de cierre, sino de vigilancia, y la persona empieza a estar pendiente de cualquier señal de que no está durmiendo bien (Harvey, 2002). Ese estado de alerta también puede hacer que la persona sienta que durmió peor y que rinde menos durante el día de lo que realmente ocurre (Harvey, 2002). En correspondencia con Brosschot et al. (2006), pensar en lo que nos preocupa mantiene activo el estrés incluso cuando la situación ya pasó, y por eso el cuerpo puede seguir en alerta cuando llega la hora de dormir.
A esto se suma un círculo difícil, porque dormir mal altera la forma en que vivimos y regulamos nuestras emociones (Palmer & Alfano, 2017). De hecho, dormir mal se considera un factor de riesgo y de mantenimiento para distintos problemas de salud mental (Palmer & Alfano, 2017). Así, el overthinking afecta el sueño, y el mal descanso deja a la persona con menos recursos para manejar sus emociones al día siguiente (Palmer & Alfano, 2017). Según Harvey (2002), esto puede generar un círculo vicioso en el que la preocupación por no dormir aumenta la activación del cuerpo y hace que prestemos cada vez más atención a las dificultades para conciliar el sueño, lo que termina dificultando aún más el descanso.
El Impacto del Overthinking en la Toma de Decisiones
Pensar demasiado suele presentarse como una estrategia para decidir mejor, pero con frecuencia produce el efecto contrario (Ward et al., 2003). En un estudio, las personas con tendencia a rumiar se sintieron menos satisfechas y menos seguras de los planes que ellas mismas habían elaborado, y fueron menos propensas a comprometerse con ellos (Ward et al., 2003). En otro, quienes rumiaban mientras se sentían tristes encontraron soluciones menos eficaces para sus problemas con otras personas que quienes se distraían un momento (Lyubomirsky & Nolen-Hoeksema, 1995). Según Nolen-Hoeksema et al. (2008), la rumiación interfiere con la capacidad de pasar a la acción, y por eso la persona compara opciones, anticipa escenarios y vuelve a empezar sin llegar a decidir.
En parte, esto ocurre porque decidir implica tolerar cierto grado de incertidumbre, ya que toda decisión supone renunciar a otras posibilidades y aceptar que no hay garantías totales (Carleton, 2016). Para una mente ansiosa o muy autoexigente esto puede ser muy incómodo, y aparece la ilusión de que, si se sigue analizando, será posible eliminar por completo el riesgo de equivocarse (Weir, 2026). Sin embargo, esa certeza rara vez llega, y la incertidumbre que deja la rumiación lleva a seguir pensando (Ward et al., 2003). Como muestran Schwartz et al. (2002), las personas que siempre buscan la mejor opción posible suelen sentirse menos satisfechas con sus decisiones y más arrepentidas que quienes eligen una opción suficientemente buena.
En la práctica, el overthinking puede hacer que incluso decisiones pequeñas, como responder un mensaje, elegir un plan o hacer una compra, se vuelvan difíciles e incómodas, sobre todo para quienes sienten que deben elegir siempre lo mejor (Schwartz et al., 2002). La persona no solo evalúa la mejor opción, sino que intenta prever todas las consecuencias posibles y protegerse de la incomodidad de no saber qué pasará (Carleton, 2016). Así, en lugar de traer claridad, el análisis genera más inseguridad y hace que muchas decisiones terminen quedando para después (Ward et al., 2003). Según Schwartz et al. (2002), quienes buscan siempre la opción perfecta también tienden a compararse más con los demás y a sentirse peor cuando otros parecen haber elegido mejor.
Cuando Pensar Demasiado se Convierte en Agotamiento Mental
El overthinking no solo afecta la ansiedad o el sueño, también agota, porque pensar de forma repetitiva ocupa recursos mentales que se necesitan para otras tareas (Watkins & Brown, 2002). En un estudio, cuando a personas con depresión se les pidió rumiar, siguieron apareciendo pensamientos repetitivos sobre sus problemas que interferían con una tarea que exigía concentración y control mental (Watkins & Brown, 2002). Aunque desde fuera parezca que la persona "solo está pensando", por dentro su cuerpo puede estar respondiendo como si estuviera bajo estrés, con un corazón más acelerado y más cortisol (Ottaviani et al., 2016). Según Brosschot et al. (2006), esa activación se prolonga más allá de la situación que la provocó, de modo que el cuerpo sigue pagando el costo del estrés aunque el problema ya haya pasado.
Con el tiempo, esto puede traducirse en cansancio mental y en dificultad para recuperarse del esfuerzo del día (Querstret & Cropley, 2012). En un estudio con trabajadores, darle vueltas a los problemas del trabajo con una carga emocional negativa fue lo que más se relacionó con el cansancio, en parte porque empeoraba la calidad del sueño (Querstret & Cropley, 2012). En cambio, pensar en cómo resolver esos problemas se relacionó con menos cansancio, lo que muestra que no toda forma de pensar en algo tiene el mismo efecto (Querstret & Cropley, 2012). Esa revisión constante también deja menos espacio para la conexión con otros y para la resolución concreta de problemas (Nolen-Hoeksema et al., 2008). Como señalan Lyubomirsky y Nolen-Hoeksema (1995), cuando la mente rumia, el futuro se ve más negro y las soluciones que se encuentran son menos eficaces.
Por eso es importante dejar de ver el overthinking como una costumbre inocente o como un rasgo de personalidad sin consecuencias, ya que el pensamiento repetitivo se ha relacionado con la depresión, la ansiedad y problemas de salud física (Watkins, 2008). Cuando se vuelve persistente, puede afectar seriamente el bienestar emocional y el funcionamiento cotidiano, al punto de que los pensamientos repetitivos lo ocupan todo e impiden funcionar con normalidad (Salamon, 2024). Según McEvoy et al. (2013), no se trata de pensar mucho porque sí, sino de un patrón que merece ser evaluado y atendido con cuidado.
Cómo Empezar a Salir del Ciclo del Overthinking
La buena noticia es que pensar demasiado no es un destino fijo, porque existen intervenciones psicológicas que han mostrado ser útiles para reducir la rumiación y la preocupación (Querstret & Cropley, 2013). El primer paso suele ser reconocer que no todo pensamiento merece ser seguido, porque aprender a tomar distancia de la rumiación y la preocupación, en lugar de engancharse con ellas, es parte de lo que vuelve útiles a estas intervenciones (Querstret & Cropley, 2013). También ayuda notar cuándo la mente está intentando resolver una emoción a través del pensamiento, porque en el pensamiento repetitivo primero aparece el sentimiento y luego el intento de controlarlo pensando (Weir, 2026). Según Salamon (2024), hacer ejercicio, llamar a alguien o cambiar de lugar ayuda a cortar el ciclo, porque es menos probable rumiar cuando estamos ocupados en otra cosa.
Una de las herramientas más útiles consiste en diferenciar entre reflexionar y rumiar (Watkins, 2008). Reflexionar implica pensar de forma concreta, poniendo la atención en lo que está pasando y en cómo se puede actuar, mientras que rumiar implica darle vueltas al mismo tema de forma abstracta, preguntándose una y otra vez por qué pasó y qué significa (Watkins, 2008). En un estudio, pensar de manera concreta en lugar de abstracta ayudó a personas con depresión a resolver mejor sus problemas (Watkins & Moulds, 2005). Según Watkins (2008), el pensamiento repetitivo tiende a ser más útil cuando es concreto, por lo que preguntarse "¿esto me está ayudando a entender o a resolver algo, o solo me está atrapando más?" puede ser una pausa pequeña pero importante.
También resulta útil entrenar el regreso al presente, porque cuando la mente entra en un bucle suele irse al pasado o al futuro (Ottaviani et al., 2016). Llevar la atención a lo que ocurre aquí y ahora, por ejemplo a través de la meditación o de la respiración profunda, puede despejar la mente y frenar la rumiación (Salamon, 2024). Las intervenciones basadas en mindfulness parecen funcionar, en parte, porque reducen la rumiación, la preocupación y la reactividad ante los pensamientos y las emociones (Gu et al., 2015). Según Weir (2026), algunas terapias actuales, como la terapia de regulación emocional, usan estas habilidades de atención plena para ayudar a la persona a ganar claridad en el momento.
Otro punto clave es trabajar la tolerancia a la incertidumbre, porque muchas veces el overthinking se sostiene por la necesidad de eliminar toda duda antes de actuar (Carleton, 2016). Si el miedo a lo desconocido está en la base de muchos problemas de ansiedad, aprender a avanzar aunque no se tenga certeza absoluta puede ser una parte importante del camino (Carleton, 2016). Esto puede incluir tomar decisiones suficientemente buenas en lugar de perfectas, una forma de elegir que se ha relacionado con más satisfacción y menos arrepentimiento (Schwartz et al., 2002). En correspondencia con Querstret y Cropley (2013), las terapias cognitivo-conductuales, que ayudan a cambiar la forma de pensar, pueden ser eficaces para reducir la rumiación y la preocupación, tanto en persona como por internet.
También puede ser útil ponerle límites al tiempo de análisis, en lugar de dejar que la mente piense sin fin (McGowan & Behar, 2013). La lógica detrás de esta idea es que, cuando nos preocupamos en cualquier momento y lugar, la preocupación termina asociándose con casi todo, como ciertas horas del día o ciertos espacios (McGowan & Behar, 2013). En un estudio, las personas que se preocupaban mucho y limitaron sus preocupaciones a media hora diaria, siempre a la misma hora y en el mismo lugar, redujeron su preocupación, su ansiedad y sus problemas para dormir (McGowan & Behar, 2013). Según Scullin et al. (2018), escribir durante cinco minutos antes de dormir una lista concreta de lo que queda pendiente ayudó a las personas a quedarse dormidas más rápido que escribir sobre lo que ya habían hecho.
Por último, cuando el overthinking está muy ligado a la ansiedad, al insomnio o a la dificultad para funcionar en la vida diaria, buscar ayuda psicológica puede ser especialmente importante (Salamon, 2024). Algunas terapias, como las basadas en mindfulness, no buscan "vaciar la mente" ni eliminar todos los pensamientos negativos, sino enseñar a relacionarse con ellos de una manera menos reactiva (Gu et al., 2015). En muchos casos, también resulta útil trabajar el perfeccionismo y la necesidad de control, ya que la búsqueda constante de la mejor opción se ha relacionado con más arrepentimiento y menos satisfacción, y pensar sin parar suele ser un intento de controlar lo que sentimos (Schwartz et al., 2002; Weir, 2026). Según Salamon (2024), la terapia cognitivo-conductual y la terapia psicodinámica pueden ayudar a identificar por qué se rumia, atender lo que hay detrás y romper el ciclo.
Dejar de Pensar en Exceso no Significa Pensar Menos, Sino Pensar Distinto
A veces, cuando una persona ha vivido mucho tiempo atrapada en el overthinking, teme que dejar de analizar tanto signifique volverse irresponsable, impulsiva o poco cuidadosa, porque siente que preocuparse la protege de llevarse sorpresas desagradables (Newman & Llera, 2011). Pero no se trata de eso, porque el pensamiento repetitivo también puede ser constructivo cuando ayuda a planear, a prepararse o a recuperarse de experiencias difíciles (Watkins, 2008). La meta no es apagar la capacidad de reflexionar, sino recuperar un pensamiento más concreto, más flexible y menos desgastante (Watkins & Moulds, 2005). Según Watkins (2008), una misma forma de volver sobre algo puede ayudar o hacer daño, según si se piensa de manera concreta o abstracta y según el contexto en que ocurre.
Una mente más sana no es una mente que nunca duda, nunca anticipa ni nunca revisa lo ocurrido, sino una mente que puede hacerlo sin quedar atrapada en el proceso (Nolen-Hoeksema et al., 2008). Es una mente que puede pensar y también detenerse, analizar sin quedarse en el problema y decidir sin necesitar garantías imposibles (Carleton, 2016). También es una mente que puede reconocer una preocupación sin convertirla en una maratón mental, algo que se puede entrenar con práctica y, cuando hace falta, con acompañamiento profesional (Querstret & Cropley, 2013). Como plantean Gu et al. (2015), aprender a observar los pensamientos sin reaccionar automáticamente ante ellos es uno de los caminos por los que la atención plena mejora el bienestar.
Conclusión
Pensar demasiado también agota, porque el overthinking no es simplemente una costumbre incómoda, sino un patrón de pensamiento repetitivo que puede alimentar la ansiedad, deteriorar el sueño y dificultar la toma de decisiones (McLaughlin & Nolen-Hoeksema, 2011; Ward et al., 2003; Zoccola et al., 2009). Aunque a menudo se presenta como una forma de resolver problemas o prevenir errores, en muchos casos termina manteniendo el malestar y alejando a la persona de una respuesta útil (Nolen-Hoeksema et al., 2008). Comprender cómo funciona este ciclo es un paso fundamental para empezar a cambiarlo, porque permite diferenciar la reflexión de la rumiación (Watkins, 2008). Según Querstret y Cropley (2013), estrategias como la atención plena y el cambio en la forma de pensar pueden reducir la rumiación y la preocupación, de modo que no se trata de encontrar la respuesta perfecta, sino de dejar de exigirle a la mente que resuelva con pensamiento lo que a veces necesita tiempo, descanso o acompañamiento.
Referencias
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