Del Sermón a la Pregunta: Preguntas que Ayudan a Pensar y Cuándo Hacerlas

Tu hijo de 7 años llega del colegio con una nota porque empujó a un compañero y, antes de que alcance a quitarse la maleta, ya le estás explicando qué pasó, por qué estuvo mal, cómo debería sentirse, qué tendría que aprender y qué debe hacer la próxima vez (Nelsen, 2018). Con tu hija de 14 años, la escena se repite con otras palabras: le recuerdas por décima vez que tiene que organizarse mejor con las tareas y ella te responde de mala gana, porque cuando un adolescente siente que lo presionan y lo controlan, es más probable que reaccione llevando la contraria (Van Petegem et al., 2015). En los dos casos, el sermón trae todas las respuestas listas y le deja a tu hijo muy poco por pensar, y por eso Nelsen (2018) propone un cambio sencillo, pero poderoso: dejar de decirles todo a los hijos y empezar a preguntarles, para que sean ellos quienes exploren qué pasó y qué pueden hacer distinto.
La buena noticia es que preguntar no es solo una forma más amable de corregir, sino una manera de poner a trabajar la parte del cerebro que les ayuda a pensar, a tomar decisiones y a ponerse en el lugar del otro (Siegel & Bryson, 2011/2012). Además, las habilidades que dependen de esa parte del cerebro, como planear, concentrarse y controlar los impulsos, mejoran con la práctica, y los adultos tienen un papel decisivo para apoyarlas (Center on the Developing Child at Harvard University, 2020). Eso sí, no se trata de memorizar una lista de preguntas y repetirla como un guion, sino de aprender a preguntar de otra manera (Nelsen, 2018). Según Nelsen (2018), lo que más importa es preguntar con empatía y aceptación, sin tener ya en mente la respuesta que quieres oír, y elegir bien el momento para hacerlo.
Por qué el Sermón no Llega
Muchas veces, el sermón viene acompañado de reproches como "siempre haces lo mismo" o "¿cuántas veces te lo tengo que repetir?", y las críticas de los padres no pasan desapercibidas para el cerebro de los hijos (Lee et al., 2015). Cuando niños y adolescentes escucharon comentarios críticos de su propia madre, su cerebro se activó más en las zonas relacionadas con las emociones y menos en las que ayudan a controlarlas y a entender lo que la otra persona piensa (Lee et al., 2015). Dicho de otra forma, justo cuando más necesitas que tu hijo te escuche con calma, la crítica enciende su reacción emocional y le deja menos recursos para pensar en lo que le estás diciendo (Lee et al., 2015). Según Lee et al. (2015), entender cómo reciben los hijos las críticas de sus padres puede ayudar a cambiar la forma en que les damos nuestros comentarios, para que de verdad les sirvan en su conducta y en su desarrollo.
Siegel y Bryson (2011/2012) explican que el cerebro tiene una parte más reactiva, el cerebro inferior, que responde rápido y a la defensiva cuando algo nos altera, y otra que madura más despacio, el cerebro superior, que nos ayuda a pensar con calma, tomar decisiones y ponernos en el lugar del otro. Las órdenes, las amenazas y los discursos largos tienden a encender el cerebro inferior del niño, mientras que las preguntas, la búsqueda de alternativas e incluso la negociación ponen a trabajar su cerebro superior (Siegel & Bryson, 2011/2012). Por ejemplo, frente a un niño que no quiere bañarse, un "¡porque lo digo yo!" puede terminar en pelea, mientras que un "¿se te ocurre una forma de que el baño sea más divertido?" lo invita a pensar en una solución (Siegel & Bryson, 2011/2012). Como aclaran Siegel y Bryson (2011/2012), esto no significa dejar de poner límites, sino lograr que el niño use la parte de su cerebro que puede pensar, en lugar de la que solo reacciona.
Lo que una Buena Pregunta le Hace al Cerebro
El cerebro superior está en plena construcción durante la infancia y la adolescencia y, como un músculo, se fortalece cuando se usa (Siegel & Bryson, 2011/2012). Muchas de las capacidades que dependen de él forman parte de las funciones ejecutivas, es decir, las habilidades que nos permiten planear, concentrarnos, recordar instrucciones y manejar varias tareas a la vez (Center on the Developing Child at Harvard University, 2012). Los niños no nacen con estas habilidades, sino con la capacidad de desarrollarlas, y las experiencias y las relaciones que viven con los adultos influyen en cómo lo hacen (Center on the Developing Child at Harvard University, 2012). Como explican Siegel y Bryson (2011/2012), cada vez que le preguntas a tu hijo qué haría en una situación difícil o cómo cree que se sintió otra persona, le das la oportunidad de ejercitar esa parte de su cerebro.
Pedirle a tu hijo que explique con sus propias palabras cómo resolvió algo también le ayuda a aprender (Rittle-Johnson, 2006). Cuando niños de entre 8 y 11 años explicaron cómo habían resuelto unos problemas de matemáticas, aprendieron y recordaron mejor la forma correcta de resolverlos, y además pudieron aplicar lo aprendido a problemas nuevos (Rittle-Johnson, 2006). Con los más pequeños ocurre algo parecido, porque en niños de 2 años que jugaban con su papá, lo que se relacionó con su vocabulario no fue la cantidad de palabras que él les decía, sino las preguntas que empezaban con "qué", "dónde", "cómo" o "por qué" (M. L. Rowe et al., 2017). Esas preguntas también se relacionaron con una mejor capacidad para razonar un año después, y los niños las respondían más a menudo y con frases más largas que las demás preguntas (M. L. Rowe et al., 2017). Como explican M. L. Rowe et al. (2017), este tipo de preguntas es un pequeño reto, porque obliga al niño a responder con sus propias palabras, y ese esfuerzo probablemente le ayuda a aprender nuevas palabras y a razonar mejor.
Las preguntas también sirven para conversar sobre lo que ya pasó, como un paseo, un cumpleaños o un día difícil en el colegio, y la manera en que los adultos recuerdan esos momentos con los niños marca una diferencia (Fivush et al., 2006). Cuando los adultos conversan con los niños sobre sus experiencias, hacen preguntas abiertas y les ayudan a ampliar sus recuerdos, favorecen el desarrollo de la memoria y el lenguaje (Fivush et al., 2006). Estas conversaciones también fortalecen el vínculo entre los niños y sus cuidadores y contribuyen a que los niños comprendan mejor su identidad, sus emociones y los pensamientos y sentimientos de los demás (Fivush et al., 2006). Recordar juntos va más allá de compartir momentos en familia: es una oportunidad para que los niños aprendan a narrar sus experiencias, comprender lo que sienten y construir una historia propia a partir de lo que viven.
Preguntas que Ayudan a Pensar
No todas las preguntas invitan a pensar, porque algunas, como "¿por qué hiciste eso?", suelen sonar a acusación y ponen al niño a la defensiva (Nelsen, 2018). Las que sí ayudan son las preguntas abiertas, es decir, las que no se responden con un simple "sí" o "no" y no tienen una respuesta correcta o incorrecta (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, s.f.). Eso no quiere decir que la palabra "por qué" esté prohibida, ya que una pregunta como "¿por qué crees que te molestó lo que dijo tu amiga?" muestra interés por su punto de vista y no busca un culpable (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, s.f.). Según Nelsen (2018), el "por qué" funciona cuando el niño siente que de verdad quieres conocer lo que piensa, así que la diferencia está menos en la palabra y más en el tono y la intención con que preguntas.
Para entender qué pasó: en lugar de comenzar con un reproche, puedes describir lo que observas sin juzgar: "Veo que la tarea de matemáticas sigue sin hacer". Después, invítalo a contar lo sucedido con preguntas como "¿Qué pasó?" o "¿Qué ocurrió después?". También puedes preguntarle "¿Qué querías lograr?" para ayudarlo a reconocer la intención detrás de sus acciones desde la empatía y no desde la crítica (Nelsen, 2018). Finalmente, preguntas como "¿Qué crees que hizo que esto pasara?" le permiten explorar las causas de lo ocurrido y reflexionar sobre sus propias decisiones. Según Lott y Nelsen (s. f.), este tipo de preguntas favorece la reflexión y ayuda a los niños a comprender sus acciones sin sentirse juzgados.
Para ponerle nombre a lo que siente: una pregunta como "¿cómo te sientes con lo que pasó?" le da a tu hijo la oportunidad de pensar en su propia emoción, en lugar de que tú le digas cómo debería sentirse (Nelsen, 2018). Con los adolescentes, una pregunta abierta como "¿me puedes explicar qué quieres decir con…?" les permite explicarse mejor y entender lo que sienten (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, s.f.). Según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (s.f.), si después reconoces y aceptas lo que te cuentan, les ayudas a aceptar sus emociones y a no tener miedo de expresarlas.
Para ponerse en el lugar del otro: preguntas como "¿cómo crees que se sintió tu hermano cuando le quitaste el juguete?" invitan a tu hijo a pensar en los demás y le ayudan a desarrollar la empatía (Siegel & Bryson, 2011/2012). Con los adolescentes también sirven preguntas como "¿por qué crees que tropezó contigo?" o "¿se te ocurre otra explicación?" (Center on the Developing Child at Harvard University, 2020). Según el Center on the Developing Child at Harvard University (2020), este tipo de preguntas guía su forma de pensar y les ayuda a considerar otras explicaciones de lo que hacen los demás.
Para buscar soluciones: en lugar de decirle qué tiene que hacer, puedes preguntarle "¿qué ideas tienes para arreglar lo que pasó?" o "¿qué podrías hacer para que la próxima vez salga distinto?" (Lott & Nelsen, s.f.). Dejarle tomar pequeñas decisiones y pensar con él en lo que podría pasar con cada opción es una buena forma de ejercitar la parte del cerebro que ayuda a decidir (Siegel & Bryson, 2011/2012). Según Nelsen (2018), ayudar a los niños a explorar las consecuencias de sus decisiones es muy distinto de imponerles consecuencias, porque imponerlas suele despertar rebeldía y ganas de defenderse en lugar de ganas de pensar.
Para aprender de lo que pasó: cuando las cosas ya se calmaron, preguntas como "¿qué aprendiste de esto?" o "¿cómo puedes usar lo que aprendiste la próxima vez?" le ayudan a tu hijo a ver qué puede sacar de un error (Nelsen, 2018). Con los adolescentes, también ayuda revisar juntos qué funcionó y qué no después de terminar una tarea o un proyecto (Center on the Developing Child at Harvard University, 2020). De acuerdo con el Center on the Developing Child at Harvard University (2020), estas conversaciones les ayudan a reconocer que una experiencia, sobre todo un fracaso, también puede dejar lecciones.
Cuándo Preguntar y Cuándo Esperar
El mejor momento para preguntar casi nunca es en medio de una pelea o de un llanto, porque si tú o tu hijo están alterados, lo más útil es esperar a que los dos se calmen (Nelsen, 2018). Cuando un niño está desbordado, primero necesita sentir que lo entiendes, así que conviene acercarte, hablarle con calma y validar lo que siente antes de pensar juntos en lo que pasó (Siegel & Bryson, 2011/2012). Por ejemplo, si tu hija de 6 años rompió el dibujo de su hermano en medio de una pelea, la conversación sobre qué pasó y cómo arreglarlo puede funcionar mucho mejor después de la cena que en el momento de los gritos (Nelsen, 2018). También ayuda elegir un lugar tranquilo y darle tiempo para descansar si llega cansado del colegio, y lo mismo vale para ti si eres tú quien llega agotado a casa (American Academy of Pediatrics, 2015). Según la American Academy of Pediatrics (2015), estar atento a los momentos y lugares que son buenos para conversar es una de las claves de una buena comunicación con los hijos.
Después de hacer una pregunta, dale tiempo para pensar, porque M. B. Rowe (1986) observó que, en clase, los profesores suelen esperar un segundo o menos antes de volver a hablar, y eso deja muy poco espacio para que los estudiantes piensen su respuesta. Cuando los profesores aprendieron a esperar unos tres segundos, los estudiantes dieron respuestas más largas y mejor pensadas, contestaron con más seguridad y participaron más, incluso los que casi nunca hablaban (M. B. Rowe, 1986). En casa, esto significa resistir la tentación de llenar el silencio con otra pregunta o con tu propia respuesta cuando tu hijo se queda pensando (M. B. Rowe, 1986). Según M. B. Rowe (1986), ir más despacio puede ser, en realidad, una forma de avanzar más rápido, porque esos segundos de silencio les dan a los niños el tiempo que necesitan para pensar y responder mejor.
Ahora bien, las preguntas son para invitar a pensar, no para disfrazar una orden, porque cuando necesitas que tu hijo haga algo, una pregunta como "¿podrías guardar los juguetes?" le da la opción de responder que no (Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades, 2016). Tampoco ayudan las preguntas que en realidad son regaños o burlas, como "¿te parece muy bonito lo que hiciste?", porque al hablar con los hijos conviene alejarse del sarcasmo, las bromas hirientes, las culpas y las ofensas (American Academy of Pediatrics, 2015). En correspondencia con los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (2016), cuando se trata de una instrucción, lo mejor es decirle con exactitud qué debe hacer, por ejemplo, "guarda los juguetes en el clóset", en vez de preguntarle si quiere hacerlo.
Cómo Ajustar las Preguntas a la Edad
Con los Niños Pequeños
Con los niños de 2 a 5 años, las preguntas funcionan mejor cuando son sencillas y parten de lo que están viendo o haciendo en ese momento, como "¿qué está haciendo el perro?" o "¿dónde crees que se escondió la pelota?" (M. L. Rowe et al., 2017). Después de un paseo o de una visita a los abuelos, también puedes recordar juntos lo que vivieron con preguntas como "¿qué fue lo que más te gustó?" o "¿qué hicimos después?", y agregar detalles a lo que te cuente (Fivush et al., 2006). Si algo lo asustó o lo puso triste, como una caída en el parque, puedes ayudarle a contar la historia de lo que pasó con preguntas como "¿y luego qué pasó?" o "¿cómo te sentiste?" (Siegel & Bryson, 2011/2012). Según Siegel y Bryson (2011/2012), contar lo que pasó y ponerle nombre a lo que siente le ayuda al niño a calmar esa emoción y a darle sentido a lo que vivió.
Con los Niños en Edad Escolar
En la etapa escolar, tu hijo ya puede explicar cómo hizo algo, así que preguntas como "¿cómo lo resolviste?" o "¿cómo supiste que esa era la respuesta?" le ayudan a entender mejor lo que hizo y a usarlo en otras tareas (Rittle-Johnson, 2006). También es una buena edad para jugar a "¿qué harías si…?", por ejemplo, "¿qué harías si un compañero se burla de otro en el recreo?", porque imaginar situaciones y decidir cómo actuar ejercita el cerebro superior (Siegel & Bryson, 2011/2012). Si se frustra con una tarea, en lugar de resolverla por él, puedes preguntarle "¿qué parte ya entendiste?" o "¿qué has intentado hasta ahora?", para que siga pensando con tu apoyo (Center on the Developing Child at Harvard University, 2020). De acuerdo con el Center on the Developing Child at Harvard University (2020), a esta edad es importante aumentar poco a poco la complejidad de los juegos y las actividades, y las preguntas pueden seguir ese mismo camino, de las más sencillas a las que exigen pensar más.
Con los Adolescentes
En la adolescencia, las preguntas que más acercan son las que muestran interés por lo que piensa tu hijo, porque pedirle su opinión y sus puntos de vista te permite entender cómo se siente (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, s.f.). Su cerebro todavía está madurando, sobre todo en la parte que ayuda a planificar, establecer prioridades y tomar buenas decisiones, pero también está listo para aprender y adaptarse (Instituto Nacional de la Salud Mental, 2023). Por eso, en lugar de organizarle la vida, puedes ayudarle a ponerse metas y a dividirlas en pasos, con preguntas como "¿qué quieres lograr este semestre?" o "¿qué podría salir mal y cómo lo resolverías?" (Center on the Developing Child at Harvard University, 2020). Cuando el plan ya esté en marcha, también le sirve aprender a revisarlo con preguntas como "¿esto es parte del plan?", "si no lo es, ¿por qué lo estoy haciendo?" o "¿ha cambiado algo?" (Center on the Developing Child at Harvard University, 2020). Según el Center on the Developing Child at Harvard University (2020), lo más importante es que esas metas sean significativas para el adolescente y no impuestas por otros.
Una Guía Rápida Para Casa
Situación | En lugar de… | Prueba con… |
Tu hija de 3 años vuelve feliz del parque | "¿Te divertiste?". | "¿Qué fue lo que más te gustó del parque?", y esperar con calma su respuesta. |
Tu hijo de 4 años le pegó a su hermana porque le quitó un juguete | "¿Por qué le pegaste? ¿Cuántas veces te lo tengo que decir?". | Esperar a que se calme y luego preguntarle "¿qué pasó?" y "¿cómo crees que se sintió tu hermana?". |
Tu hijo de 6 años tiene que recoger sus juguetes | "¿Quieres recoger tus juguetes?". | "Guarda los juguetes en la caja, por favor". |
Tu hijo de 8 años no entiende un ejercicio de matemáticas | Resolverle el ejercicio paso a paso. | "Muéstrame cómo lo intentaste. ¿Qué parte ya entendiste?". |
Tu hija de 14 años sacó una mala nota | "Te lo dije, eso te pasa por estar todo el día en el celular". | "¿Qué crees que pasó? ¿Qué podrías hacer distinto para el próximo examen?". |
Tu hijo de 16 años quiere ir a una fiesta | Un sermón sobre todos los peligros de las fiestas. | "¿Cómo piensas volver? ¿Qué harías si algo no sale como lo planeaste?". |
Referencias
American Academy of Pediatrics. (2015, 21 de noviembre). Lo que hay y no hay que hacer en la comunicación. HealthyChildren.org. https://www.healthychildren.org/Spanish/family-life/family-dynamics/communication-discipline/Paginas/Communication-Dos-and-Donts.aspx
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Center on the Developing Child at Harvard University. (2020, 20 de marzo). Mejora y práctica de las habilidades de función ejecutiva con niños desde la infancia hasta la adolescencia. https://developingchild.harvard.edu/es/resources/handouts-tools/mejora-y-practica-de-las-habilidades-de-funcion-ejecutiva-con-ninos-desde-la-infancia-hasta-la-adolescencia
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Lott, L., & Nelsen, J. (s.f.). Sample conversational curiosity questions. Positive Discipline. https://www.positivediscipline.com/sites/default/files/sample-curiosity-questions.pdf
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Van Petegem, S., Soenens, B., Vansteenkiste, M., & Beyers, W. (2015). Rebels with a cause? Adolescent defiance from the perspective of reactance theory and self-determination theory. Child Development, 86(3), 903–918. https://doi.org/10.1111/cdev.12355





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