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Cómo Hablamos de Emociones en Casa: Lo que un Niño Aprende de Nuestras Palabras

11 oct
10 min de lectura
Seis niños ríen y juegan en un aula colorida, rodeados de dibujos, libros y juguetes sobre una mesa.

Los niños aprenden a nombrar, entender y manejar lo que sienten en buena medida dentro de la familia, observando a los adultos y participando en su vida emocional cotidiana (Morris et al., 2007). Imagina a un niño de cuatro años que se cae del columpio y llora: si el adulto le dice «No pasa nada, no llores», minimiza la emoción; si le dice «¡Qué susto te diste!», la reconoce y le pone nombre (Gottman et al., 1996). Ninguna frase aislada define a quien la dice, porque lo que la investigación estudia es la orientación general de los adultos hacia las emociones propias y las de sus hijos (Gottman et al., 1996). Y esa orientación puede cambiar: según Havighurst et al. (2010), un programa para madres y padres mejoró sus prácticas y el conocimiento emocional de niños preescolares.


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Qué es la Socialización Emocional y por qué Ocurre en lo Cotidiano

La socialización emocional es la manera en que los adultos influyen en las emociones y la competencia social de los niños: cómo reaccionan ante sus emociones, cómo conversan sobre ellas y cómo expresan las suyas (Eisenberg et al., 1998). La mayoría de estos estudios son correlacionales y el proceso es bidireccional, porque el niño también influye en cómo le responden los adultos (Eisenberg et al., 1998). Morris et al. (2007) proponen que el niño aprende a regular sus emociones observando a los adultos, a través de las prácticas de crianza y dentro del clima emocional familiar, del que también forma parte la relación de pareja.



Lo que Ocurre en el Cerebro Cuando Ponemos Palabras a lo que Sentimos

Desde la neuropsicología, la autorregulación se apoya en las funciones ejecutivas (memoria de trabajo, flexibilidad mental y autocontrol), habilidades con las que el niño no nace, sino que desarrolla poco a poco hasta la adultez temprana (Center on the Developing Child at Harvard University, 2012). Según Somerville (2016), conviene desconfiar de las cifras exactas sobre la edad en que el cerebro "termina" de madurar, porque la neurociencia aún discute cómo definir y medir esa maduración .

El lenguaje es una de las herramientas de esa regulación: en un estudio con 120 niños seguidos de los 18 a los 48 meses, quienes tenían mejores habilidades lingüísticas se mostraban menos enojados a los cuatro años, en parte porque buscaban apoyo o se distraían durante una espera (Roben et al., 2013). En correspondencia con Lindquist et al. (2015), las palabras emocionales también ayudan a formar los conceptos con los que damos sentido a lo que sentimos.

En adultos, nombrar la emoción de imágenes negativas redujo la respuesta de la amígdala y de otras regiones límbicas (Lieberman et al., 2007), un efecto llamado etiquetado afectivo que Torre y Lieberman (2018) consideran una forma de regulación emocional implícita. Como ese estudio se hizo en laboratorio y con adultos, no permite afirmar que nombrar una emoción "apague" el miedo de un niño (Lieberman et al., 2007). Distinguir con precisión entre emociones parecidas, lo que se llama granularidad emocional, se asocia con un menor uso de estrategias perjudiciales ante el malestar intenso (Kashdan et al., 2015), y esta habilidad disminuye de la infancia a la adolescencia antes de volver a aumentar (Nook et al., 2018).



Qué Aprende un Niño de Cómo Hablamos

Palabras y Explicaciones: Entender lo que se Siente

En un estudio clásico, los niños que a los tres años participaban más en conversaciones familiares sobre sentimientos comprendían mejor las emociones ajenas a los seis, con independencia de su habilidad verbal (Dunn et al., 1991). Un metaanálisis con 2298 niños menores de siete años encontró una relación significativa entre el lenguaje de los padres sobre estados mentales y la comprensión de emociones y creencias, más fuerte cuando se hablaba de lo que alguien piensa (Tompkins et al., 2018).

Qué Emociones Parecen Permitidas

Gottman et al. (1996) distinguieron entre adultos que ven las emociones negativas de sus hijos como una oportunidad de acercamiento y enseñanza, y adultos que tienden a desestimarlas. Las reacciones negativas de los padres ante esas emociones se han asociado con más emocionalidad negativa y menor competencia social en los niños (Eisenberg et al., 1998). En conjunto, las prácticas de socialización emocional se asocian con los problemas de conducta infantil, aunque con efectos pequeños y más marcados en niños pequeños (Johnson et al., 2017).

Cómo se Maneja una Emoción

Ocultar lo que se siente no siempre protege: cuando se pidió a padres que acababan de pasar por una situación estresante que escondieran sus emociones ante sus hijos de 7 a 11 años, las interacciones fueron menos cálidas y comprometidas (Waters et al., 2020). En correspondencia con Halberstadt & Eaton (2002), expresar más tampoco es siempre mejor, porque la relación entre la expresividad negativa de la familia y la comprensión emocional de los niños resultó compleja, en parte con forma de U invertida.

Leer el Mundo a Través de los Adultos

Desde muy pronto, los bebés consultan la expresión de los adultos para interpretar situaciones ambiguas, un proceso llamado referencia social que Morris et al. (2007) incluyen entre las formas de aprendizaje por observación. En el clásico experimento del acantilado visual, el 74% de los bebés de un año cruzó hacia su madre cuando ella mostraba alegría, y ninguno lo hizo cuando mostraba miedo (Sorce et al., 1985).

Mensajes de Género

Algunos adultos atienden de forma distinta las emociones de niñas y niños: en un estudio con 60 familias, los papás prestaron más atención a las emociones "sumisas" de sus hijas en edad preescolar y, en los primeros años escolares, a las emociones "disarmónicas" de sus hijos (Chaplin et al., 2005). En otro estudio, madres y padres hablaron más de emociones al recordar episodios tristes con sus hijas que con sus hijos (Fivush et al., 2000). Aun así, un metaanálisis con 3649 participantes no halló diferencias en cuánto hablan de emociones las madres con hijas o con hijos, de modo que las diferencias parecen estar más en qué emociones se atienden (Aznar & Tenenbaum, 2020; Chaplin et al., 2005; Fivush et al., 2000).

Conversar después: el valor de recordar juntos

La rememoración elaborativa consiste en conversar después sobre lo vivido de forma detallada, emocional y colaborativa, y se ha relacionado con mejor memoria autobiográfica, mejor lenguaje y mayor comprensión de uno mismo y de los demás (Fivush et al., 2006; Salmon & Reese, 2016). Según Salmon y Reese (2016), estas charlas animan al niño a poner sus experiencias en palabras y están al alcance de todas las familias, aunque falta investigarlas en culturas diversas. Una pregunta en la cena, como "¿Te acuerdas de cuando se rompió tu dibujo? ¿Qué sentiste? ¿Qué te ayudó?", sigue ese estilo.

Cuando los Adultos Discuten

La hipótesis de la seguridad emocional propone que el conflicto entre adultos afecta a los niños a través de su preocupación por sentirse seguros en la familia (Davies & Cummings, 1994). No todos los conflictos pesan igual: en un estudio con escenas grabadas, los niños vivieron el enojo no resuelto entre adultos como mucho más negativo que el resuelto (Cummings et al., 1989). Por eso, según (Grych & Fincham, 1990), puede ayudar explicarle lo ocurrido, por ejemplo con "Ayer discutimos fuerte; ya lo hablamos, lo resolvimos y no fue tu culpa", porque el impacto del conflicto depende en parte de cómo lo interpreta el niño.



Estrategias Para Usar en Casa

Estas ideas son orientaciones y no recetas, porque la socialización emocional depende de cada niño y del contexto cultural de cada familia (Eisenberg et al., 1998; Friedlmeier et al., 2011). Un primer recurso es nombrar la emoción antes de corregir la conducta, lo que une dos componentes del entrenamiento emocional (ponerle palabras a lo que el niño siente y marcar límites), como en "Estás muy enojado porque se acabó el juego; no puedes pegar, pero sí decirme que estás furioso" (Gottman et al., 1996). También ayuda que los adultos hablen de sus propias emociones, por ejemplo con "Llegué estresada; voy a respirar un momento y después jugamos", porque así el niño observa cómo alguien reconoce y maneja lo que siente (Morris et al., 2007). La lectura de cuentos ofrece otra oportunidad, ya que preguntar qué piensa y qué siente cada personaje pone en juego verbos como pensar o creer, cuyo uso materno durante la lectura se relacionó con una mejor comprensión posterior de los estados mentales (Adrián et al., 2007). Por último, según Tronick (1989), después de un mal momento, reparar con frases como "Te grité y no estuvo bien; lo siento" sigue un principio observado desde la infancia: el desarrollo favorable se asocia con desencuentros que se reparan.

En lugar de…

Pruebe con…

"No pasa nada, no llores".

"Te asustaste. Estoy aquí contigo".

"Los niños no lloran".

"Llorar está bien cuando algo duele".

"Ya, no es para tanto".

"Para ti esto es importante. Cuéntame qué pasó".

En un metaanálisis de 15 ensayos aleatorizados, los programas que enseñan estas prácticas mejoraron tanto las respuestas de los padres como la competencia emocional de niños pequeños (England-Mason et al., 2023), aunque su efecto directo en la regulación emocional infantil se ha estudiado poco (England-Mason & Gonzalez, 2020). Lo que se considera apropiado expresar varía entre culturas y se ha estudiado poco fuera de Estados Unidos (Friedlmeier et al., 2011); en un estudio con madres latinas en Estados Unidos, por ejemplo, el respeto fue uno de los valores centrales que buscaban transmitir (Calzada et al., 2010).



Cuándo Buscar Ayuda Profesional

Todos los niños se ponen tristes, ansiosos, irritables o agresivos a veces, y en la mayoría de los casos se trata de fases normales del desarrollo (Instituto Nacional de la Salud Mental, 2024). Conviene considerar ayuda si las conductas o emociones duran algunas semanas o más, causan angustia al niño o a la familia, o interfieren en la escuela, en casa o con los amigos, y buscarla de inmediato si el comportamiento es peligroso o el niño habla de querer lastimarse o lastimar a otra persona. Según el Instituto Nacional de la Salud Mental (2024), un buen primer paso es hablar con quienes lo ven a menudo, como sus docentes, y con el pediatra, que puede remitirlo a un profesional de salud mental con experiencia en la evaluación de niños.



Una Conversación que Dura Años

Ningún adulto responde siempre con calma, y no hace falta: el desarrollo favorable se asocia con desencuentros que se reparan, no con interacciones perfectas (Tronick, 1989). Lo que el niño aprende se construye con conversaciones que se repiten durante años (Dunn et al., 1991; Fivush et al., 2006), y hablar de lo que sentimos le muestra que las emociones se pueden nombrar, comprender y regular en compañía (Morris et al., 2007).



Referencias

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