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Autismo y Alimentación Selectiva: No es Capricho, es Neurobiología

5 oct
10 min de lectura
Fotografía de un niño con sobrecarga sensorial frente a un plato de comida en la mesa.

"Eso no se lo come", "solo quiere comer lo mismo" o "si tiene hambre, terminará comiendo". Son frases que pueden aparecer con frecuencia cuando un niño presenta dificultades para aceptar determinados alimentos. Desde fuera, la situación puede parecer una cuestión de preferencias, resistencia o incluso de comportamiento; sin embargo, cuando hablamos de niños con trastorno del espectro autista (TEA), la alimentación puede estar condicionada por muchos más elementos que el simple gusto por una comida determinada.

Comer implica mucho más que llevar un alimento a la boca. Antes de probarlo, el niño puede estar percibiendo su olor, observando su color y su forma, anticipando su textura o reaccionando ante un cambio respecto a aquello que conoce. Por ello, la selectividad alimentaria en el autismo puede estar relacionada con características sensoriales de los alimentos, la necesidad de previsibilidad, las rutinas y las experiencias previas durante las comidas (Sánchez et al., 2015; López Prior, 2024).

Esta perspectiva permite cambiar una pregunta que muchas veces aparece de forma automática: en lugar de preguntarnos únicamente "¿por qué no quiere comerlo?", podemos preguntarnos "¿qué está percibiendo, anticipando o experimentando cuando ese alimento aparece frente a él?". Ese pequeño cambio en la mirada puede ayudarnos a comprender mejor lo que ocurre y, sobre todo, a pensar en formas de acompañar el proceso sin convertir cada comida en una batalla.


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Un Problema más Frecuente y más Amplio de lo que Parece

Antes de entrar en el detalle sensorial, vale la pena dimensionar el problema. La literatura especializada en trastornos alimentarios dentro del espectro autista señala que las dificultades de alimentación en la infancia son extremadamente comunes, con cifras de prevalencia que en algunos estudios alcanzan hasta el 90% de los niños en el espectro, y que esta problemática no desaparece con la edad: estudios en población adulta reportan patrones similares en un rango considerable de casos (Goldschmidt, 2018).

Este dato es importante porque desmonta una idea muy extendida: que la selectividad alimentaria es "una etapa" que se supera sola con el tiempo. Goldschmidt (2018) plantea que las dificultades alimentarias en el autismo pueden agruparse en distintas categorías, entre ellas la rigidez conductual, las alteraciones sensoriales y patrones que exigen apoyo sostenido en el tiempo, lo que sugiere que no existe una única explicación ni una única forma de abordarlas. Comprender esta diversidad es un primer paso para dejar de mirar la selectividad alimentaria como un capricho pasajero y empezar a mirarla como un fenómeno neurobiológico con múltiples caras.



Cuando la Comida También se Siente

Para algunas personas, determinados alimentos no son simplemente diferentes en sabor, sino también en la manera en que se sienten. La textura, la consistencia, la temperatura, el olor, el color o incluso la forma en que se presenta un alimento pueden influir en la experiencia de comer, especialmente cuando existen particularidades en el procesamiento sensorial. Imaginemos, por ejemplo, una fruta que normalmente se acepta cuando está firme, pero que deja de ser tolerada cuando está demasiado madura. Para un adulto, la diferencia puede parecer pequeña; sin embargo, para un niño que presenta una mayor sensibilidad ante determinadas características sensoriales, ese cambio puede modificar completamente la experiencia. No se trata necesariamente de que "no le guste la fruta", sino de que las características concretas de esa fruta han cambiado.

La selectividad alimentaria puede manifestarse precisamente de esta manera: mediante un repertorio reducido de alimentos aceptados o mediante la aceptación de determinados alimentos únicamente cuando cumplen ciertas condiciones. En los niños con TEA, estas dificultades pueden relacionarse con aspectos sensoriales, aunque no todos los casos responden al mismo patrón y es importante comprender qué factores están interviniendo en cada niño (Sánchez et al., 2015; López Prior, 2024).

Por eso, observar qué ocurre antes, durante y después de una comida puede aportar información mucho más útil que interpretar la conducta únicamente como rechazo. La textura que se evita, el olor que provoca incomodidad, la presentación que debe mantenerse igual o la dificultad que aparece cuando se introduce un cambio pueden convertirse en pistas para comprender mejor la situación.



Textura, Olor y Anticipación: Tres Elementos que Pueden Cambiar la Experiencia

La experiencia alimentaria comienza incluso antes de probar el alimento. El olor puede aparecer antes que el sabor, la apariencia puede generar una expectativa y la textura puede ser anticipada a partir de experiencias anteriores. Cuando un niño ya sabe que determinado alimento produce una sensación desagradable, diferente o difícil de tolerar, es posible que la reacción aparezca antes de que llegue a probarlo.

La anticipación también puede adquirir especial importancia cuando existe una fuerte necesidad de previsibilidad. Si un niño está acostumbrado a una determinada marca, presentación, temperatura o forma de preparación, un cambio que para otra persona parece insignificante puede representar una modificación importante dentro de una rutina conocida. De esta manera, la comida puede convertirse en un espacio en el que se busca mantener ciertas condiciones para saber qué va a ocurrir.

Esto no significa que toda selectividad alimentaria en el autismo tenga un origen sensorial. Las dificultades de alimentación pueden responder a diferentes factores y, por ello, es necesario evitar explicaciones únicas. Precisamente, una de las claves consiste en observar qué características aparecen de manera constante y en qué circunstancias se presenta el rechazo, ya que esa información permite orientar mejor las estrategias de intervención (Ventoso & Kanner, 2000; Ccapa-de la Cruz et al., 2026).



No es Solo lo que Ocurre en el Plato

Cuando las dificultades alimentarias se mantienen durante mucho tiempo, sus efectos pueden extenderse más allá del momento de la comida. Lo que comienza como una dificultad para aceptar determinados alimentos puede terminar influyendo en las rutinas familiares, en la organización de los horarios y en la manera en que padres e hijos viven las comidas. En algunas familias, las comidas pueden convertirse progresivamente en un espacio de negociación constante: un adulto insiste, el niño rechaza, se ofrecen alternativas y finalmente se prepara un alimento diferente para conseguir que coma.

Un estudio cualitativo realizado con familias de niños con autismo identificó tres grandes dimensiones que se entrelazan en este proceso: las concepciones y prácticas de alimentación que cada familia sostiene, la organización de la dinámica familiar en torno al cuidado, y la manera en que la familia percibe la salud y el desarrollo del niño (Ruthes et al., 2021). Ese mismo cuerpo de investigación señala que cuando la alimentación se entiende como un acto social y no solo nutricional, las familias logran organizar mejor sus rutinas, afrontar las dificultades de forma más positiva y apoyarse en redes de sostén que facilitan tanto la autonomía del niño como su propio bienestar. Esto sugiere que trabajar la selectividad alimentaria no es solo un asunto del niño frente al plato, sino también un proceso que involucra el acompañamiento profesional y el fortalecimiento de la propia dinámica familiar.

Además, la alimentación no ocurre únicamente dentro de casa. Cumpleaños, restaurantes, reuniones familiares, salidas escolares o comedores pueden introducir alimentos, olores, personas y rutinas diferentes. En estos contextos, las diferencias en la alimentación pueden hacerse más visibles y generar incomodidad tanto en el niño como en quienes lo acompañan. Por ello, abordar la selectividad alimentaria no implica únicamente ampliar una lista de alimentos, sino también comprender cómo estas experiencias afectan la participación cotidiana y la dinámica familiar.



Cuando la Comida se Convierte en una Amenaza Sensorial

Cuando hablamos de una posible "amenaza sensorial", no estamos haciendo referencia a un diagnóstico ni a un concepto clínico independiente, sino a una manera sencilla de explicar cómo determinadas características de un alimento pueden ser experimentadas como desagradables, impredecibles o difíciles de tolerar. Desde esta perspectiva, mantener ciertos alimentos, marcas o formas de preparación puede proporcionar una sensación de control y previsibilidad. Si el niño sabe exactamente qué encontrará en el plato y cómo se sentirá ese alimento, la situación puede resultar más manejable. Por el contrario, introducir un cambio repentino puede aumentar la incertidumbre y hacer que la respuesta de rechazo aparezca incluso antes de probarlo.

Comprender esto no significa justificar automáticamente cualquier rechazo ni asumir que toda negativa a comer tiene una explicación sensorial. Significa detenernos a observar qué función puede estar cumpliendo la conducta y qué condiciones hacen que la alimentación sea más tolerable. Para ello, la evaluación individual y la adaptación de las estrategias resultan fundamentales, especialmente cuando existe una restricción alimentaria amplia o pueden aparecer consecuencias nutricionales (Ventoso & Kanner, 2000; Ccapa-de la Cruz et al., 2026).



¿Y si en Lugar de Obligar, Diseñamos el Cambio?

Cuando un niño rechaza un alimento, la respuesta espontánea puede ser insistir: "pruébalo", "solo un poquito", "hasta que no lo comas no te levantas" o "tienes que acostumbrarte". Sin embargo, cuando la comida ya está asociada con tensión, aumentar la presión puede hacer que ese momento resulte todavía más difícil. Una alternativa consiste en pensar el cambio de manera gradual, reduciendo la magnitud de la modificación y conservando algunos elementos que ya resultan conocidos. En lugar de pasar directamente de un alimento aceptado a otro completamente diferente, pueden introducirse pequeños cambios que permitan construir familiaridad de manera progresiva. Esta lógica se acerca a los principios del análisis conductual aplicado (ABA), en los que los padres son entrenados para implementar de forma sistemática pequeñas exposiciones y refuerzos positivos durante las comidas.

Sin embargo, es importante mantener expectativas realistas frente a estos programas. Una revisión de alcance reciente sobre programas de capacitación parental basados en ABA para la selectividad alimentaria encontró que, si bien varios estudios muestran una reducción de las conductas disruptivas durante las comidas, pocos evidencian un aumento sostenido en la aceptación real de nuevos alimentos, y la propia revisión señala vacíos importantes en la evidencia disponible que hacen necesarios ensayos más rigurosos (Ferreira et al., 2025). Esto no invalida el enfoque gradual, pero sí recuerda que reducir la tensión en la mesa y lograr que el niño amplíe su dieta son dos objetivos relacionados, aunque no siempre equivalentes.

Por ejemplo, si un niño acepta una determinada pasta, pero rechaza otras presentaciones, el objetivo inicial no tendría que ser sustituirla inmediatamente por un alimento completamente nuevo. Podría comenzar por modificar una sola característica, como la forma, manteniendo otras variables conocidas. Después de un tiempo, podría trabajarse otra característica, como la preparación o la textura. La idea es que el cambio no ocurra de golpe, sino que pueda ser experimentado como algo progresivamente más familiar.



Una Variable a la Vez

Trabajar con pequeños cambios permite identificar con mayor claridad qué características están influyendo en la aceptación. La textura, la temperatura, la presentación, el olor o la forma del alimento pueden modificarse de manera independiente, evitando cambiar varias variables simultáneamente. Además, es importante recordar que acercarse a un alimento no tiene que significar necesariamente comerlo desde el primer momento. Dependiendo del caso, un objetivo inicial puede ser tolerar que el alimento esté cerca, verlo en el plato, permanecer en la mesa cuando aparece o explorar progresivamente sus características. El propósito es construir una experiencia en la que el alimento pueda resultar cada vez menos desconocido y, cuando sea posible, avanzar hacia una mayor aceptación.

Este proceso debe realizarse de manera individualizada. Cuando existe una alimentación muy limitada, dificultades importantes durante las comidas o preocupación por el estado nutricional, resulta especialmente importante contar con la valoración de profesionales que puedan determinar las necesidades específicas del niño y orientar la intervención. Precisamente, la escasez de ensayos sólidos sobre programas de entrenamiento parental refuerza la importancia de que estas estrategias no reemplacen, sino que se apoyen en el acompañamiento profesional cuando el caso lo requiere (Sánchez et al., 2015; Ccapa-de la Cruz et al., 2026; Ferreira et al., 2025).



Cambiar la Pregunta También Cambia la Intervención

A veces, comprender una dificultad empieza simplemente por hacer preguntas diferentes. En lugar de quedarnos únicamente con "no quiere comerlo", podemos observar qué ocurre exactamente cuando aparece ese alimento: ¿rechaza determinada textura?, ¿el olor genera incomodidad?, ¿acepta el alimento si se presenta de otra manera?, ¿tolera pequeños cambios?, ¿qué ocurre cuando la comida aparece de manera inesperada?, ¿necesita que se mantenga una determinada rutina?

Estas preguntas no buscan encontrar una única explicación para toda conducta alimentaria, sino comprender el conjunto de condiciones que rodean la alimentación. También permiten observar qué ocurre en la familia: cómo reaccionan los adultos, qué estrategias se utilizan, qué situaciones generan mayor tensión y qué modificaciones podrían facilitar una experiencia más predecible y manejable para todos.

Desde esta perspectiva, intervenir no consiste únicamente en conseguir que el niño coma más alimentos. También puede significar modificar el contexto para que acercarse a un alimento nuevo sea progresivamente más tolerable, reducir la presión durante las comidas y encontrar formas de acompañar el proceso respetando las características individuales del niño.



Reflexión Final

La alimentación selectiva en niños con autismo no debería reducirse automáticamente a una cuestión de capricho, desobediencia o falta de voluntad. Las características sensoriales de los alimentos, la necesidad de previsibilidad, las experiencias anteriores y la manera en que se estructura el momento de la comida pueden influir en la forma en que un niño se relaciona con determinados alimentos (Sánchez et al., 2015; López Prior, 2024). Además, como muestra la evidencia sobre la prevalencia de estas dificultades en la vida adulta, no se trata de una etapa que simplemente se supera con el tiempo (Goldschmidt, 2018).

Comprender esta realidad no significa dejar de trabajar la alimentación ni aceptar que las dificultades permanezcan sin intervención. Significa cambiar la forma de aproximarnos al problema. Cuando dejamos de pensar únicamente en cómo conseguir que el niño coma y comenzamos a preguntarnos qué podemos modificar para que acercarse a ese alimento sea más tolerable, aparecen nuevas posibilidades, tanto para el niño como para la familia que lo acompaña.

Porque, en ocasiones, forzar el cambio puede aumentar el rechazo y convertir la comida en un espacio de tensión. Diseñar el cambio permite avanzar poco a poco, respetando las características del niño y construyendo nuevas experiencias. Y quizá esa sea una de las preguntas más útiles para comenzar: ¿Cómo podemos hacer que acercarse a este alimento resulte un poco más tolerable?



Referencias

  1. Ccapa-de la Cruz, R. M., Flores-Torres, Z., & Pinzón-Espitia, O. L. (2026). Estrategias nutricionales para el manejo de la selectividad alimentaria en niños con autismo. Revista Mexicana de Pediatría, 93(3), 133–140. https://dx.doi.org/10.35366/123993

  2. Ferreira, L. C., da Silva, W., Bagaiolo, L., Romano, C., Paula, C. S., Loggiacco, B., & Portes, J. R. M. (2025). Programas de capacitación para padres basados en el análisis conductual aplicado para la selectividad alimentaria en niños con trastorno del espectro autista: una revisión del alcance. Ciencias Psicológicas, 19(2), e-4426. https://doi.org/10.22235/cp.v19i2.4426

  3. Goldschmidt, J. (2018). Una amplia visión: alimentación desordenada en el espectro del autismo. Eating Disorders Review, 29(3).

  4. López Prior, P. (2024). La selectividad alimentaria y su relación con el procesamiento sensorial en niños y niñas de Infantil con Trastorno del Espectro Autista (TEA).

  5. Ruthes, V. B. T. N. M., de Azevedo Mazza, V., Ribeiro, M. B., Weissheimer, G., & Freitas, C. A. S. L. (2021). Prácticas alimentarias y reorganización de la dinámica familiar de los niños con trastorno del espectro autista. Enfermería, Innovación y Ciencia, 3(1), 60–72. https://doi.org/10.60568/eic.v2i1.1111

  6. Sánchez, S. S., Lorente, A., Pineda, O., Fernández-Cao, J. C., & Arija-Val, V. (2015). Selectividad alimentaria en los trastornos del espectro autista: una revisión sistemática. Revista Española de Nutrición Comunitaria, 21, 13–19.

  7. Ventoso, M. R., & Kanner, C. L. (2000). Los problemas de alimentación en niños pequeños con autismo. Breve guía de intervención. En El niño pequeño con autismo (pp. 153–172).

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